Flor de Inírida

Marzo / 2022: Aprender a marchitar

Llevo varias semanas pensando en las flores. O, más específicamente, llevo varias semanas pensando en toda la atención que solemos dar a las flores cuando florecen, y la poca atención —por no decir desprecio— que solemos darles cuando marchitan.

Desde cierta perspectiva me parece comprensible: las flores recién florecidas tienen formas atractivas, son coloridas y aromáticas, mientras que las flores marchitas se ven flácidas y secas y la intensidad de sus colores se va perdiendo hasta que se funden en diferentes tonos de marrón / café. Desde otra perspectiva me parece absurdo: las flores recién florecidas tienen esas formas, colores y aromas porque es lo que se necesita para su función ecosistémica de ese momento, que es atraer polinizadores para reproducirse y hacer posibles otros seres y nuevas plantas, y las flores marchitas también tienen esas formas y colores porque es lo que se necesita para su función ecosistémica de ese momento, que es descomponerse y convertirse en alimento para otros seres y en nutrientes para el suelo y así, también, hacer posibles otros seres y nuevas plantas.

Las flores marchitas son tan “útiles” como las flores recién florecidas, y tienen, por supuesto, su propia belleza. Pero en general nos cuesta ver belleza y valor en el proceso de marchitar. Posiblemente porque hemos asociado lo marchito con lo muerto y lo muerto con lo inútil, porque todavía, en general, nos cuesta reconocer que la muerte y la vida son la misma cosa y que, por lo tanto, ninguna sería posible sin que exista la otra.

Uno de los temas que más me han interesado en estos últimos años ha sido precisamente el de aprender a reconocer la belleza y el valor de marchitar. Que es lo mismo que decir: aprender a reconocer la belleza y el valor de que exista la muerte. Que es lo mismo que decir: aprender a reconocer la belleza y el valor de que una cosa puedan transformarse en otras cosas.

Es un tema que me ha cautivado precisamente porque me asusta, porque no sé por dónde agarrarlo, porque siento que me sobrepasa. Pero sé que es un tema necesario. Sé que si quiero seguir aprendiendo a cuidar la vida (la mía, la vida de los seres que amo, la vida de la Tierra) necesito aprender a aceptar la necesidad y la belleza de la muerte, desde las manifestaciones más pequeñas y aparentemente insignificantes —como el marchitar de las flores— hasta las más enormes y amenazantes. Necesito aprender a reconocer la muerte como algo que nunca quita sin dar, como la manifestación más elemental de la economía circular, como un portal imprescindible para que se haga posible lo que viene después.

Quise compartir esto hoy, en este correo que todavía no tiene nombre, porque sé que también es un tema necesario para nosotrxs, colectivamente, como sociedad. La pandemia, las guerras, la crisis ecológica y todas las otras cosas difíciles que estamos viviendo (y que vamos a seguir viviendo, porque la crisis forma parte de la vida) requieren de nosotros profundas transformaciones. Que es lo mismo que decir: requieren de nosotros que aprendamos a dejar morir ciertas cosas —ideas, versiones del mundo— que imaginábamos que iban a ser eternas. Que es lo mismo que decir: requieren de nosotros que aprendamos a marchitar.

Sé que no es comparable la escala de los “marchitares” colectivos y los individuales, pero creo que en el fondo requieren los mismos aprendizajes. Yo no puedo compartir fórmulas para aprender a marchitar, porque no las tengo. Y tampoco creo que exista una fórmula. Lo que sí sé que existe —y lo que sé que podemos cultivar, sobre todo si nos acompañamos bien— es la curiosidad y la paciencia para empezar a notar qué es lo que necesitamos dejar marchitar, para empezar a reconocer que soltar las cosas que necesitamos soltar no es abandono, ni traición, ni pérdida, ni fracaso. Que marchitar no significa convertirnos en algo inútil o desaparecer. Al contrario, significa saber transformarnos en algo que contiene la magia de hacer posible lo que viene después.

 

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